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Formosa, septiembre de
2009
El grupo de técnicos y
pilotos y acrobáticos arribó a Formosa en forma silenciosa, inadvertida. La
juventud casi excesiva de todos ellos asombra y más aún después de verlos en el
aire, diestros y experimentados. Comienza su actuación ya pasadas las dos de la
tarde bajo el sol que a pesar de todo regala una brisa fresca y aliviadora.
Transportamos desde el Aeroclub Formosa al equipo de tierra que coordina cada
pasada sobre el predio de la Sociedad Rural, dejamos que hagan lo suyo y nos
sentamos entre corrales como espectadores, mientras anuncian varias veces el
espectáculo que se avecina y nos va ganando la ansiedad.
Como un ave de plumas plateadas se acerca el avión que hará la primer aparición
del día. De cerca se ve pintada con la bandera argentina, desde abajo y en
altura, como un pájaro plateado. Habla el piloto Cesar Falistocco por una radio
que se retransmite en el altavoz, pide al público oir la música, que vuele y
baile a su son.
Los acordes de la canción Aurora en la voz y versión incomparables de Víctor
Heredia hacen lo suyo y el corazón empieza a latir con fuerza, mimetizándose con
uno de los indómitos potros que se retuercen entre saltos para quitarse de
encima al gaucho.
El avión, como un ave en vuelo de amor, comienza su coreografía. Los rostros se
alzan siguiendo el vaivén, la música parece crecer y la danza nos lleva. Como
una doncella que despliega un velo, la nave comienza a dejar una estela
blanquecina detrás... grácil y liviana dibuja círculos y corazones, se alza como
Icaro hacia el sol abrasador y cae como una mariposa herida al perder la fuerza,
se acelera a medida que se acerca a la tierra y cincela redondeces que arrancan
en nosotros exhalos y suspiros, extiende sus alas enmudenciendo el ruido del
motor en la subida con los acordes y la letra de la canción que parece describir
lo que estoy viendo: una elevación audaz, un vuelo triunfal, un águila
guerrera... Me gana la emoción y mientras sigo arrobada los movimientos en el
cielo azul intenso, mientras el águila deja caprichosamente su estela como
escribiendo en el aire un lamento de amor, me surcan las mejillas un par de
lágrimas sabedoras que ese romance con el cielo no es para todos, sino solo para
unos pocos bendecidos por Dios.-
Falistocco y su nave se pierden y de repente aparecen por detrás de una
edificación haciendo que el público exclame, trepa denodadamente como
persiguiendo una nube que parece robarle el ímpetu y describiendo un giro hacia
atrás, después de recibir un golpe dado por una mano invisible la nave se
precipita casi invertida dejando ver sus detalles, y luego se yergue como
resucitando empeñada. Hace giros horizontales, pinta un túnel con la estela y
pasa entremedio como una flecha... y el águila es bandera... el cielo azul
profundo como un telón desplegado acentúa la estela blanca... la nave pasa en un
breve vuelo invertido que me roba un suspiro ahogado... la gente aplaude y otra
lágrima conmovida se empeña en surgir... toda una sinfonía en azul sobre el
horizonte norteño. Me voy por un rato sabiendo que hay más y que no podré estar
ausente.
Poco antes de las cinco dos aviones hacen un segundo espectáculo, mientras la
historia musical habla de dos amigos de la niñez que a lo largo de la vida se
separan y solo se encuentran de tanto en tanto, recordando que nunca después
tuvieron una amistad igual... la pareja voladora es bella, vuelan como de la
mano, siguiendo los pasos de un vals. Se cruzan enfrentados, como si fueran a
chocarse, pero diestramente se pasan y hacen figuras de a dos. No son las naves
prolongaciones de los pilotos, sino los pilotos parte misma de las alas... no
son las naves que vuelan, sinó los corazones de aves que laten en el pecho de
estos hombres aferrados al aire los que se elevan y caen.
Muestran pericia y dedicación pero a mis ojos de poeta muestran el placer que
los lleva a volar, como si fuera un néctar delicioso reservado solo a ellos. Y
aunque parezca mentira, mucho después, en la cena, uno de ellos confirmaría que
solo se trata de disfrutar allí arriba.
Su fama lo precede y sabemos que no ha mostrado todo, pues el lugar no tiene
suficiente espacio para desplegar su arte con soltura pero aún así nos ha dejado
pasmados por su pericia, profesionalidad y entrega total.
La tercera pasada va sobre las seis, ahora son tres aviones los que logran
llenar de aplausos el lugar... los ánimos venían in crescendo por el espectáculo
en tierra donde un brioso potro dando una voltereta en el aire cayó de pleno
sobre su lomo aplastando con todo el peso a su pretendido domador... la
adrenalina fluía aromatizando el apretado gentío presente.
Al llegar los aviones, los nervios eran palpables, acuciantes... los acordes de
la música que (según me explican) identifica a la escuadrilla son suaves y
potentes a la vez, pensados para calar en el espectador.
El inicio de las maniobras es absolutamente hermoso, las tres naves suben como
escalando un mismo pico desde tres frentes y perdiendo fuerza se separan
marcando semicírculos inclinados hacia la tierra en tres direcciones distintas
como imitando los pétalos abiertos de una flor de lapacho. La gente exclama, el
corazón parece salirse de mi pecho y aunque mis pies están firmemente apoyados
en la tierra, me siento flotar en el aire como si me embriagara el viento.-
Dos de los aviones se ponen a la par y lado a lado dibujan ascensos y descensos,
círculos inmensos y subidas extremas, después inician un vuelo horizontal y
parejo, mientras el tercero hace un túnel de círculos calados a su alrededor...
la gente aplaude con bríos.

Los aviones van alto y firmes, caen en direcciones distintas como alcanzados por
una flecha mortal, se cruzan peligrosamente enfrentados, forman una punta de
lanza, modelan como atractivas danzarinas, algunos movimientos son rectos otros
serpentean en el abismal azul, me siento hipnotizada con ese baile imaginario,
hasta mi hija de tres años apretándome las manos me dice "mirá mamá, como
bailan!" y es cierto, se los ve desde abajo como siguiendo el ritmo y entre
potros, vacas y paisanos, la danza se transforma en un malambo gaucho y macho,
mientras de fondo se escucha una ópera bellísima que habla de vencer la
adversidad.
Imagino de repente que el aroma a tierra es el olor de una nube empecinada en
mostrarme la preciosa sinfonía de los pájaros plateados que se alejan para
descansar en un nido inexistente, surcando el aire en su armoniosa faz de
despedida, dejándonos el cielo bellamente yermo sin su imagen y el corazón
dolido después de tanta hermosura.
Agradezco silenciosamente al cielo haberme regalado varias veces su abrazo
fraterno, a veces desde su propio seno, a veces, desde aquí abajo, disfrutando
de otros que vuelan y saben cómo hacerlo.
Verónica Gabriela Hans de
Dorrego
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